Parece que seguimos a la espera de un líder. Más
aún, estamos reclamando la calidad de los líderes,
los de una y otra posición. Verdad es que hacen falta
personas que desarrollen el liderazgo colectivo, pero también
es cierto que está a nuestro alcance la posibilidad
de activar pequeños liderazgos en la gente que nos
rodea y, más importante, en nosotros mismos.
Comencemos con una aclaratoria pertinente y necesaria. ¿Los
líderes nacen o se hacen? En primer lugar, debemos
sincerarnos con un hecho irrebatible: los líderes
nacen. Todos somos testigos de haber visto niños que
desde muy temprano ya poseen una personalidad y una inteligencia
superior a la de sus coetáneos, dueños de una
gran capacidad para arrastrar gente. Como dice Eleazar Grynbal, «ya
vienen cableados», con los chips puestos. El problema
es que esos líderes innatos son muy pocos, realmente
pocos. El resto, hay que formarlos. Y esa es la buena noticia:
el liderazgo se puede aprender. Pero cuidado con esto: se
puede aprender, pero no se puede enseñar. Esto es
obvio porque nadie enseña a otro algo que no esté dispuesto
a aprender. De manera que si cada uno de nosotros decide
edificar su liderazgo, será perfectamente posible
si sabe cómo hacerlo.
Para desarrollar el propio liderazgo, como acabamos de decir,
es una decisión exclusivamente personal. Eso nos lleva
a hacer otra aclaratoria, justamente acerca de lo que no
es liderazgo. El carisma, por ejemplo, no tiene nada que
ver con el liderazgo, al contrario de lo que tradicionalmente
hemos creído sobre eso. Hemos creído falsamente
que toda persona carismática es necesariamente un
líder, pero no es nada cierto. Evidentemente que ayuda,
como ayuda el carisma para tantas otras cosas en la vida,
pero no es sinónimo de liderazgo. Tampoco una gran
capacidad para la oratoria nos hará líderes;
si bien muchos logran seducir momentáneamente, al
final la mayoría resultan ser charlatanes y «picos
de oro» vacíos y fugaces. Mucho menos una simpatía
arrolladora basta para hacer que las personas crean en nosotros
y nos sigan; a lo sumo, y en el más feliz de los casos,
el encanto nos hará ganadores del premio al mejor
amigo o padrino de bautizo de docenas de niños. El
glamour cuenta menos que todo, contrario a lo que muchos
piensan, porque la belleza y la elegancia ocasionales están
demasiado lejos de ser valores con los que se construye una
verdadera personalidad. Igual pasa con el heroísmo,
que puede ser accidental, lo que no garantiza ni define en
absoluto un verdadero liderazgo porque las hazañas
hercúleas no son moneda corriente en la cotidianidad.
Ahora bien, ya que ni el carisma, ni
la locuacidad, ni la simpatía, ni el glamour ni el heroísmo determinan
el liderazgo, entonces, ¿qué el liderazgo?
En principio, no podemos encasillar al líder dentro
de estos atributos porque, sencillamente, nadie se sentaría
a esperar a alguien con todas estas virtudes cuentohadescas,
y sobre todo, si queremos emprender la ruta hacia el liderazgo
con esas características como norte, lo más
probable es que nos rindamos antes de empezar.
Si quieres saber entonces, que si es liderazgo, que si hace
un lider, te invito a hacer un breve ejercicio. Piensa en
alguien que se haya constituido como líder en algún
momento de su vida. Evite en pensar en sus padres y en líderes
universales: ellos tienen su puesto ganado. ¿Qué hacía
o hace esa persona para que usted lo considere un líder?
En nuestros talleres, al hacer este ejercicio, la gente normalmente
responde lo siguiente: a) Es entusiasta, apasionado y alegre;
b) Sabe escuchar, es comprensivo y sabe ser empático;
c) Enseña, valora las capacidades ajenas y aporta
siempre; d) Es optimista, animoso e invita a continuar; e)
Es visionario, de gran claridad y sabe siempre a dónde
va; f) Es decidido, sabe lo que quiere y actúa siempre
en función de eso; g) Es honesto, confiable y creíble.
He allí el menú. La pregunta urgente es: ¿cuánto
de eso tiene usted? Se trata de escoger con qué quedarse,
practicarlo y vivirlo. Un buen comienzo podría ser
imitar a nuestro líder. Pero no torpe y apresuradamente,
sino como quien practica una disciplina con pasión
y dedicación. Ese es un buen semillero: la ruta del
liderazgo lleva esa dirección.
Pero aunque ya conozcamos el menú para ser líderes,
nadie llega a ninguna parte si no lo decide primero. Nadie
puede tomar esa decisión por nosotros. Afuera nos
espera todo un mundo para ser transformado. Sólo hace
falta quienes se decidan a hacerlo, quienes se decidan a
ser líderes.
Eduardo Martí
Forja Consultores
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